RE-PENSAR EN COMUNIDAD


La BOHAC, orgullo de Colca, Apurímac y más.
Perspectivas ante el incidente por una "banderita" 

✍️ Por Manuel Cuipa Ch.


La Banda Orquesta Hermanos Atiquipa de Colca (BOHAC) no necesita ninguna defensa, porque su prestigio y su público se los ha ganado a pulso en la región de Apurímac y a nivel nacional. Sin embargo, haré algunas aclaraciones matizadas en honor a la verdad y a la claridad de perspectivas, frente a las críticas —algunas infundadas— de ciertos detractores.

Quien cuestiona aquí (grupos de wasap) es don Alfredo Solórzano Dongo, «caraybambino de nacimiento», a una banda orquesta que es «colqueña de nacimiento» (BOHAC). Empiezo por ahí mi observación: su «paqarina» genealógica con que firma el escrito contiene, implícita e involuntariamente, tintes chauvinistas (aunque no explícitos, como veremos más adelante con mayor argumento).

Su cuestionamiento se basa en la supuesta hipótesis de que la banda musical es «proyanqui» y tiene «mentalidad de servidumbre» hacia el imperio norteamericano. Prueba de ello sería la bandera de Estados Unidos en los instrumentos, cosa que no es cierta, porque el logo de la marca de los instrumentos (congas) es la bandera de Puerto Rico, no la de EE. UU. El caso ya ha sido negado y desmentido públicamente por el mismo director de la BOHAC. Las congas puertorriqueñas son un instrumento de percusión afrocubano con adaptación local para interpretar géneros propios y tropicales como la salsa, la plena y la bomba. Si vemos con detalle la conga puertorriqueña, por el contrario, es de origen afrocubano —y no por eso vamos a creer que la BOHAC sea «comunista» o castrista, ni porque tenga el logo de la bandera de un determinado país en un instrumento (un bien o producto) vamos a suponer que es proimperialista. Caer en esas disyuntivas es una simplificación y una posición reduccionista.

Personalmente, para reconocer a la BOHAC no necesito ser «colqueño de nacimiento» ni llevar el apellido Atiquipa, sino tener un juicio de valor objetivo. Desde esa perspectiva, reconozco el emprendimiento musical de la banda orquesta BOHAC, que nació en una pequeña comunidad campesina bajo la impronta familiar (Alan Atiquipa Ancco y, seguramente, de otros colqueños contemporáneos aficionados a la música de entonces). Sin embargo, en la actualidad, bajo la dirección de Cliver Atiquipa Condori, representa (musicalmente) a Apurímac en las grandes plazas y eventos importantes de Lima y regiones. Es decir, ha llegado más allá de Apurímac regional. ¿Eso es orgullo para cualquier colqueño o no colqueño? Sí, porque admiramos la superación de nuestros paisanos que, pese a las vicisitudes y dificultades en nuestro pueblo —como en cualquier otra comunidad campesina—, van conquistando sus sueños y avanzando en sus proyectos más allá de las fronteras comunales y distritales.

La BOHAC es fruto del trabajo arduo y disciplinado, tanto individual como colectivo. Cuando la vemos llegar con su arte y repertorio a programas de alcance nacional como Canto Andino (ATV), Miski Takiy (TV Perú) y otros, por supuesto nos alegra a sus coterráneos.

La BOHAC es posiblemente inspiración para muchos jóvenes y jovencitos de mi comunidad (Colca). Además, la BOHAC actual no improvisa su música desde lo aficionado empírico, sino desde la lectura de la teoría musical (lectura de pentagramas). En ese sentido, es una escuela con epicentro en un pequeño pueblito como es Colca, del distrito de Caraybamba (Aymaraes).

Frente a la acusación política e ideológica contra la BOHAC de tener supuesta influencia del imperio norteamericano, jamás he escuchado —ni escucharemos— que estén tocando sonoras a favor del apocalipsis guerrerista de Donald Trump ni trompetas en pro del imperio yanqui que comete sus atrocidades en Palestina (Gaza) o Irán. Si me demuestran con pruebas explícitas, eso es otra cosa, pero una bandera de Puerto Rico en un instrumento musical (conga), por ser tradición musical de ese país tropical y salsero, no es prueba de tal acusación.

Más bien, la BOHAC ha plasmado en sus producciones las melodías de nuestros terruños, como los toriles (wakatakis) y los carnavales del Ande (pukllay), pero sin limitarse a otras diversidades de notas musicales (amplitud artística) y sin renunciar a lo nuestro (identidad artística). Esa complementariedad entre lo nuestro (interno) y lo ajeno (externo) me parece muy interesante e innovadora. Hay que hacer eso siempre en cualquier quehacer, rubro y disciplina.

Dicho esto, que sigan los éxitos para la BOHAC; que sigan como academia musical en Apurímac y como escuela de enseñanza musical para los niños de nuestro pueblo y el público en general; que sigan cultivando la identidad cultural de nuestros pueblos y con apertura a otras melodías también, porque la mejor innovación será posible con la creación propia de «lo nuestro» sumada a la contribución de lo externo («lo ajeno»); que sigan los parabienes hacia la cumbre sin olvidar de dónde vienen (su pueblo Colca y su gente). Que sigan adelante, porque siendo así son y serán la inspiración del progreso para las nuevas generaciones que saldrán desde nuestras pequeñas comunidades para ser grandes en su rubro y disciplinas.

En cualquier iniciativa de superación, vocación y misión de vida (en todos los rubros) deben ser admiradas, más allá de nuestras fronteras localistas y chauvinistas. Porque considero que la genialidad que nace y se hace en los seres humanos es porque descubrieron su misión, su vocación de vida. La BOHAC aplica esa genialidad bajo su dirección y la de sus integrantes; esa misión y vocación musical, sigan entonces por más conquistas. Porque no hay techos, no hay límites ni barreras para las genialidades que son propósitos y razones de vida.


Inquietudes sobre un incidente de logo de una bandera

Aclarado ya el asunto y tomada mi posición personal, voy a referirme al incidente del logo (bandera) que acusa el estimado Alfredo Solórzano Dongo, siempre en aras de reflexionar, aclarar más, y asimismo asumir perspectivas de horizontes.

Supongamos, caso hipotético (ojo), que el logo del instrumento fuera la bandera de Estados Unidos (cosa que no es, sino la puertorriqueña, pero supongamos que fuera la bandera yanqui). ¿Cuál sería el problema tan grave e indubitable si la bandera fuese norteamericana en un logo de un producto? ¿Eso ya es prueba suficiente de portador de una ideología imperialista y pronorteamericana? ¿Es la prueba fehaciente para condenar a la censura ideológica y política? Vamos a desmenuzar el asunto por partes y bajo inquietudes (otra vez, en aras de aprender a reflexionar y razonar).

Preguntas:

1. Si me tomo una foto en el centro de idiomas (inglés) del ICPNA con la bandera de EE. UU., ¿soy por eso un proyanqui y proimperialista?

      Ojo: saber inglés o tener foto con bandera norteamericana no me hace trumpista ni imperialista por una cuestión de «generación espontánea». Posiblemente por ahí tenga foto con logo de bandera norteamericana o certificado de estudios con esa bandera. ¿Eso automáticamente me convierte en proyanqui y proimperialista? Absolutamente no.

      ¿Estaría mal ampliar nuestro bagaje cultural y lecturas en inglés y otros idiomas extranjeros, además de hablar y no olvidar el quechua nuestro, y también dominar el español?

      ¿Por qué limitarse a no tener «más mundo» y pluralidad de conocimientos de otros lares? ¿Por qué tener actitudes cerradas e inflexibles en nombre de nuestra ideología política o geopolítica externa? ¿Hay entonces razones de peso para no utilizar instrumentos o productos con bandera de imperios extranjeros (EE. UU., Alemania, Francia, Inglaterra, etc.)? Y además, ¿al ostracismo académico y censura a no leer a los autores norteamericanos o de cualquier otro país potencialmente imperial? No hay razones, salvo una paranoia total y una autarquía cultural absolutamente etnocéntrica.

2. Si tengo un artefacto tecnológico, herramienta o cualquier otro producto con su banderita norteamericana y que además reza literalmente: «Made in USA», ¿por usar esos bienes ya me convierte en proimperialista o proyanquilandia?

3. Siguiendo con las preguntas: ¿el imperialismo se reduce entonces a solo una banderita, a un logo, y no a decisiones político-económicas de una gran burguesía transnacional de cualquier país?

      Creer que el poder imperial reside en una bandera es caer en chauvinismo y además es desconocimiento de la Economía Política global contemporánea. Es falta de actualidad bibliográfica crítica al respecto.

      La gran burguesía actual, de cualquier origen y país (sea Perú o Estados Unidos), en la era global (la globalización) ya no es de carácter nacional ni nacionalista, sino transnacional. Es decir, no tiene ninguna bandera ni patria con perspectiva del bienestar nacional o del Estado-nación, sino intereses privados y particulares (holdings transnacionales). Eso es, en concreto, la gran burguesía norteamericana actual, a la que su banderita y patria en común le importan un bledo. Por ejemplo, Coca-Cola o McDonald's, que son parte de la transnacional norteamericana, pueden tener la banderita bicolor en suelo peruano, pero les da igual; su plusvalía y capital se orientan a favor de intereses privados de quienes los detentan, no favorecen a los propios norteamericanos en general, no se reinvierten tampoco en su patria (EE. UU. o Inglaterra) como quería el economista John Maynard Keynes, sino que se acumulan en paraísos fiscales. Esto lo denuncian con rigor economistas como el Premio Nobel Joseph Stiglitz, Amartya Sen, o economistas de renombre contemporáneo como Thomas Piketty (Francia), Yanis Varoufakis (Grecia) o Dani Rodrik (EE. UU.). Entonces, la mirada de crítica al imperialismo anclado en una determinada geografía (lugar) o bandera (país) es muy limitada y anticuada. Hay que ir con Lenin y más allá de Lenin, con su Imperialismo, "fase superior del capitalismo", porque solo esa esquema no alcanza para entender la realidad presente (por eso enumero con nombres y apellidos a economistas de impronta marxista, keynesiana y heterodoxa).

4. Reducir la crítica del imperio norteamericano a su bandera es reducido, anticuado, hasta una posición de xenofobia, porque los hilos del poder transnacional actual no tienen fronteras ni banderas locales o nacionales bajo este sistema de globalización (véanse los informes de los Panama Papers, Proyecto Davos y los revelados de los WikiLeaks a través de Julian Assange).

      El Estado de los «Estados Unidos» como institución de Derecho y República, histórica y actualmente, está socavado por las grandes transnacionales y el complejo militar norteamericano, convirtiéndolo en un «Estado mínimo» donde no importa el símbolo de una banderita estatal, y por ende la intervención del Estado en la política económica está orientada a una «anarquía capitalista» apátrida, sin banderas ni nacionalidades, como dicen gentes ultras como Murray Rothbard. Aunque la independencia de EE. UU. que soñaron Benjamin Franklin o George Washington (desde la independencia de las 13 colonias y su gesta de 1776) fue creada para ser una res publica (República), como una institución democrática moderna de Estado de Derecho (bajo el «imperio de la Ley»), sin señores feudales ni oscurantismo medieval como sí los hubo en la Europa de Torquemada. Al respecto, para documentarse, está la bibliografía de Alexis de Tocqueville.

      Por eso, el filósofo Richard Rorty, de origen norteamericano y con bandera de su nacionalidad en el pecho, critica fundadamente a este «anarquismo transnacional» predominante en su patria como las «tiranías de la oligarquía»; o la intelectual feminista y marxista Nancy Fraser, con puño en mano y banderita de su natal Estados Unidos, critica duramente a la burguesía transnacional de su país. Pero no por eso, por usar su bandera norteamericana, Rorty o Fraser son necesariamente «proimperialistas».

5. Si se trata del uso de banderas, ¿qué pasa si encontramos al gran intelectual y crítico del sistema neoliberal Noam Chomsky con su banderita natal de Estados Unidos? ¿Es per se un imperialista o sionista?

      Nuevamente, pensar y creer así son simplificaciones reduccionistas y chauvinistas en última instancia. Porque el uso de la bandera de cualquier país no convierte al sujeto portador en el bueno esencialista ni en el malo absoluto, ni en portador solipsista ni omnisciente de todo un sistema o régimen.

6. ¿Qué pasa si encontramos a José Carlos Mariátegui citando en sus textos, con juicio de valor de reconocimiento, a un norteamericano —con bandera e ideología propia de Estados Unidos— como William James? ¿Es por lo tanto Mariátegui proyanqui y proimperialista?

      Hay que tener mucho cuidado con esas lecturas de «índices» chauvinistas de bandera, con esos nacionalismos disfrazados de ideología política, porque de allí surgieron los gérmenes de las ideologías más fachas, como el nazismo de Adolf Hitler, o perspectivas xenófobas actuales —sin ser fachas ni nazis— contra los migrantes latinoamericanos, africanos y asiáticos en EE. UU. o Europa.


Contra el prototipo de chauvinismos implícitos

Mi primera impresión fue: ¿cómo se puede firmar con la rúbrica de «caraybambino de nacimiento» para cuestionar a un «colqueño de nacimiento»?

Eso, de primeras, me hizo venir a la memoria lo que nuestros padres y abuelos nos contaban del otrora chauvinismo excluyente y localista de algunos «caraybambinos de nacimiento» contra nuestro pueblo de Colca en el pasado. Supongo que no es el caso que quiso decir el estimado Alfredo Solórzano Dongo, pero su firma de «caraybambino de nacimiento» es innecesaria cuando se refuta a un «colqueño de nacimiento», a menos que sea una olimpiada de genealogías, procedencias y orígenes. Yo no creo que por el solo hecho de ser «de nacimiento» de tal lugar, pueblo o país se tenga un pedigrí positivo o negativo por antonomasia. No lo creo absolutamente, como demostraré.

Si nos ponemos en ese plan y bajo esa rúbrica de «caraybambino» o «colqueño» de nacimiento, es una perspectiva muy tribal (de tribu). La genealogía de tribu es en esencia chauvinista, y eso es susceptible cuando se cuestiona bajo esa denominación.

Ya en el pasado, la comunidad campesina de Colca (y también otras de la propia comunidad de Caraybamba) han padecido por su falta de conocimiento y también por carencias económicas, cierta marginación social, política y hasta cultural de parte de algunos «mistis» (señores feudalitos y gamonalitos en el pasado), exclusión de parte de algunos «líderes» y principales «vecinos» o «llaqta taytas» del distrito.

Nuestra historia distrital y comunal también carga la misma historia peruana con su «República aristocrática» que describía Jorge Basadre, o la «República de españoles» versus la «República de indios» que describió Alberto Flores Galindo, y desde esa impronta el chauvinismo localista en nuestro distrito, también, ha quedado como un síndrome colonial en algunos caraybambinos. Según la historia de nuestra comunidad y los testimonios de nuestros mayores, sabemos que antes, e incluso durante la Reforma Agraria del general Juan Velasco Alvarado y hasta la Guerra Interna (iniciada en 1980), tuvimos los rezagos de feudalidad de algunos «llaqta taytas» y «mistis» de Caraybamba contra nuestra comunidad de Colca y sus comuneros. Por eso es innecesario firmar con fondo chauvinista de «caraybambino de nacimiento» para criticar a otro «colqueño de nacimiento». Sugiero no utilizar para tales controversias el origen de nacimiento, y más aún sin saber la historia del pasado de nuestra realidad, porque las susceptibilidades todavía causan malestar a nuestro pueblo y a sus conciudadanos.

No se puede ser chauvinista de origen, ni tener la costumbre de firmar como «colqueño de nacimiento», porque el origen natal a nadie le convierte mecánicamente en el «Mesías» de su pueblo ni tampoco en el «Mefistófeles» del mismo; no hay tal automaticidad por el solo hecho de nacer aquí o allá, a menos que seamos utópicos chauvinistas y xenófobos en proyección.

Por lo tanto, nosotros no queremos ser chauvinistas peruanos, ni xenófobos aymarinos, ni localistas caraybambinos ni colqueños. Por eso reconozco y admiro, sin ser «caraybambino de nacimiento», al gran cantautor caraybambino Manuel Silva «Pichincucha», porque su trayectoria, como la de cualquier genio, traspasa fronteras de su nacimiento y ya no pertenece solo al pueblo de origen o natal, sino que de alguna forma se universaliza (hemos visto que su melodía de Pichincucha ha sido recepcionada en centros culturales y teatros de Europa). Eso es natural en los grandes, en cualquier disciplina: no hay fronteras ni límites. Por eso no tenemos que ser andahuaylinos ni específicamente uripeños (de Uripa) para reconocer la genialidad de los hermanos Ayvar: Sixto Ayvar (con el grupo Alborada) o la ejecución de la música andina y quechua del cantautor Luis Ayvar Alfaro, que triunfan en escenarios de Alemania, Francia o Italia. Y no tengo que ser «grauino de nacimiento» ni del pueblo de Chapimarca para reconocer la autenticidad de la música tradicional que recopilan en lengua quechua al son de los wakatakis, huaylias y qaswas que ejecutan los hermanos Caytuiro Valenzuela (Brayan, Aracely y Yamely) del Conjunto Chapimarca, con un auditorio lleno en el Teatro Nacional de Lima, algo que nunca en sus escritos un Mario Vargas Llosa eurocéntrico avizoró como ese renacer andino en el siglo XXI, y calificó por el contrario como «utopía arcaica» al proyecto cultural arguediano. Vargas Llosa se equivocó rotundamente frente a Arguedas. 

Entonces, la genialidad no se queda en la «genealogía» de su origen y lugar de nacimiento (Colca, Uripa, Caraybamba o Chapimarca); más bien, desbordan esos límites y barreras para universalizarse en su pertenencia. Eso pasa con los genios de cualquier rubro o disciplina.

Por ejemplo, el Teorema de Pitágoras (de Samos) no solo le hace bien o sirve a los griegos sino a toda la humanidad (Pitágoras se universaliza); la ley de la gravitación universal descubierta por Isaac Newton no le pertenece solo a los ingleses sino a la humanidad entera. Por eso nunca se debe tener la posición chauvinista pueblerina y de bandera localista, porque esas son visiones chatas, enanas. Más bien creo que para avanzar mejor y ver más lejos requerimos «subir al hombro de los gigantes», sean estos los nuestros o los extranjeros (pero sin chauvinismo tampoco alienación), sí, claro, reconociendo sus aportes objetiva y selectivamente.


No hay pueblo ni país de malos ni buenos en su totalidad (homogeneidad)

Creer que todo norteamericano es malo o todo peruano es bueno nos acarrearía un «mini nacionalismo» de tribu. Porque en cualquier pueblo y país no hay santos de nuestra devoción (ni en nuestro propio natal, distrito ni patria) ni condenados al destierro chauvinista por su bandera u origen.

Siguiendo ese hilo, personalmente no tengo nada contra los Estados Unidos de Martin Luther King, de Angela Davis, de Walt Whitman, de Malcolm X. Honestamente admiro los Estados Unidos de Carl Sagan, de Noam Chomsky, de William James, de Richard Rorty o Nancy Fraser (así con su bandera en mano o en el pecho).

Y sí condenamos a los Estados Unidos de James Monroe, de Ronald Reagan, de los George Bush, de los Donald Trump, así tengan o no bandera o logo de EE. UU.

Pero no hay condena en bloque ni admiración en bloque para cualquier bandera, pueblo ni país, a menos que seamos xenófobos, ultranacionalistas y chauvinistas enfermizos como Adolf Hitler («superioridad de la raza aria»).

Es más, a los niños colqueños me gustaría que aprendieran a hablar el idioma inglés, sin olvidar por supuesto su quechua y además el buen manejo del español (castellano). Sí, inglés para los niños, para disfrutar los textos de Chomsky, Sagan, Fraser o Whitman.

Me gustaría, por ejemplo, que en Chalhuanca hubiera una sede del ICPNA o del Británico para inscribir a los niños y niñas estudiantes (además, sin relegar otros idiomas como el francés, el chino mandarín, etc.).

¿Y por querer hablar inglés seré acaso proyanqui e imperialista? ¿Seré prosionista y maldito pronorteamericano? Creer eso es una visión recontra reduccionista y chauvinista del siglo pasado.

El chauvinismo siempre es el germen atávico del nazismo de Adolf Hitler, y ya sabemos con un costo de millones de muertos en campos de concentración (Auschwitz), odio localista y racial que ahora mismo, con sus rezagos, afecta a los migrantes sudamericanos en Occidente.

César Vallejo, en sus escritos, España, aparta de mí este cáliz, demuestra que no es proespañolista de la invasión de Pizarro y Almagro, sino que las causas justas van más allá de naciones y nacionalidades. Vallejo condena a la España de Primo de Rivera y Francisco Franco (40 años de dictadura después de la fatídica guerra civil española), pero admira a la España de Antonio Machado, de Miguel de Unamuno, Pablo Picasso o Federico García Lorca. Entonces, una bandera de algún país o nacionalidad no se debe condenar en bloque ni admirar en bloque tampoco, ni en pro ni en contra en bloque de Caraybamba ni de Colca, ni de Perú, España ni EE. UU. en bloque ni en absoluto. Porque en todo pueblo y país nunca hay homogeneidad en lo negativo ni en lo positivo. La heterogeneidad es estructural en todas las sociedades, pueblos y naciones. Y la condena no debe reducirse a una bandera; por tener el logo de una bandera no nos hace parte inminente y casi solipsista de lo negativo de ninguna nación completa.


Necesario ser «no bandera peruana» en algunos aspectos y contextos

En ese sentido, yo no reconozco ni admiro a la bandera peruana en algunos contextos y personalidades, como las dictaduras corruptas y criminales en mi patria: por ejemplo, no al Perú de Sánchez Cerro, no al Perú de Augusto B. Leguía, no al Perú de Manuel A. Odría, no al Perú de Morales Bermudez, no al Perú de Alan García y no al Perú de los Fujimori. ¿Por eso soy antiperuano y antipatriota? Para nada, porque solo los chauvinistas no condenan sus males internos y admiran más allá de todo sus miserias endógenas.

Admiro, entonces, y además valoro más la contribución de algunos extranjeros en el Perú, mejores que los esperpentos peruanos arriba mencionados. Reconozco, por ejemplo, a los estudiosos, científicos, artistas e ilustres foráneos que no son peruanos de ADN, pero han contribuido mejor que cualquier «peruano de nacimiento»: admiro a Antonio Raimondi (Italia), Pierre Duviols (Francia), Max Uhle (Alemania), Elmer Faucett (EE. UU.), Antonio Melis (Italia), Eduardo de Habich (Polonia), Jürgen Golte (Alemania), John Murra (EE. UU.), Jorge Calvo Pérez (España), María Reiche (Alemania), Ruggiero Romano (Italia), César Itier (Francia), Gary Parker (EE. UU.), Raymond Thevenot (Suiza), Gerard Taylor (Francia), Tom Zuidema (EE. UU.), Gerardo Leibner (Israel), Paul Heggarty (Alemania), John Rowe (EE. UU.), Willem Adelaar (Holanda), etc.


Peruanizar el Perú y sin chauvinismo

Mariátegui, quien en su época fue denigrado por los apristas como «europeísta» por tener una esposa italiana y haber encontrado el marxismo en Europa (Italia), y también fue acusado por los conservadores y otros apristas como «indigenista» por tener contacto con personalidades como Eduardo E. Valcárcel (cusqueño), Gamaliel Churata y Eziquiel Urviola (puneños), o con el patronato Pro Indígena de Pedro Zulen y Dora Mayer.

También la ortodoxia marxista peruana, como la de Eudocio Ravines y el Kominter (internacional comunista) de Victorio Codovilla (1929), acusó de folclórico (indigenista) y nacionalista a José Carlos Mariátegui.

Pese a todo, el Amauta, sin dar cabida a eurocéntricos de derecha e izquierdas (antiindígenas), a dogmáticos marxistas de «copia y calco» ni a caudillos nacionalistas del aprismo, frente a toda infamia, desde su marxismo “convicto y confeso” postuló una criticidad acorde a la realidad peruana, si bien con carga indígena y con posición de clase trabajadora incipiente, todo concatenado al marxismo occidental pero sin ser eurocéntrico. Decía: «Somos bolcheviques, pero somos más peruanos que bolcheviques». Eso se resume en el título de su texto «Peruanizar el Perú»: no cubanizar el Perú, no convertir en lo ajeno ni alienado a un determinado eje. Es decir, no hacer del Perú un anexo moscovita (de Rusia) ni una parcela doctrinal pekinés (de China), sino «peruanizar el Perú», que significa creación heroica sin calco ni copia en el Perú, dentro del contexto mundial. Porque «todo lo humano (universal) es nuestro». Ese universalismo mariateguiano, si bien tiene sello peruanista, sobrepasa lo nacional chauvinista. Esa es la ruta a seguir, a construir como crítica teórica y praxis desde la periferia (Sur global). 

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