HEREJÍAS POLÍTICAS
¿Hay una izquierda popular (electoral) en el Perú?
✍️Por Manuel Cuipa
La respuesta es afirmativa. Hay una izquierda popular sin partidos y sin líderes, disidente contra el sistema. Los analistas liberales la denominan como el "voto antisistema", el "voto rebelde del sur andino" o el "voto regionalista" (descentralista); los neoliberales más reaccionarios la tildarán como el "voto de los resentidos", el "voto de los ignorantes". En palabras del ultraderechista Aldo Mariátegui, es el voto de los "electarados". La pregunta es: ¿el voto antisistema es realmente voto de los ignorantes, casi sin conciencia ni convicción políticas? Nada de eso. Por supuesto, ese voto es altamente politizado, crítico y consciente: es el voto de la izquierda popular (si bien desorganizada, sin dirigentes visibles), pero allí está y estará. Es el voto que no aguanta embrollos fujimoristas ni palucherías neoliberales. Prueba de esto es el reciente suceso que pasó en Puno, cuando casi linchan a Phillip Butters, un periodista limeño y aspirante a político, caracterizado por ser un "terruqueador" de los votos y de las protestas del sur del país. En consecuencia, denostar como voto de los "electarados" e "ignorantes" es irrelevante para el movimiento popular (izquierda popular); en contextos distintos (y actuales) eso significa votos antifuji-porky-acuñismo. Votos en contra de esos representantes del sistema neoliberal (fuji-liberales), en última instancia de los lumpen-liberales.
Como la derecha peruana (en particular limeña) es así, una derecha obtusa sin argumentos para convencer, sin racionalidad autocrítica para enmendarse, salvo buena para asustar, amenazar, coaccionar y ofender, así nunca ganará adeptos de esos votos disidentes. En resumen, es una derecha retrógrada que ningunea y "terruquea" a los votos discrepantes. Sin embargo, este comportamiento cerril de la derecha política (lumpen) es la expresión directa de la derecha económica (empresarial) de este país. En palabras de Lenin: "La política es la expresión concentrada de la economía". Esa es la pauta preferida de los grupos de poder: pauta de la "derecha bruta y achorada" (DBA) —término acuñado por el periodista liberal Juan Carlos Tafur—, que no tiene audacia rupturista, brío moral ni proyecto democrático. En ese contexto se expresa continuamente cada cinco años el "voto antisistema". Ese voto que reclama cambios estructurales dentro del Estado de Derecho y canales democráticos. Pero casi nunca logra obtener sus demandas, porque el susodicho "Estado de Derecho" es una caricatura institucional que históricamente ha mantenido el privilegio de una minoría (grupos de poder) y el agravio de una mayoría (nacional-popular).
No es extraño que ese "voto antisistema" se manifieste como voto antineoliberal, regionalista (descentralista, sureño, rural) y decisivo para ganar las elecciones generales. En las últimas elecciones pasadas del año 2021 nos lo confirma la llegada de Pedro Castillo a la jefatura nacional, aunque las derechas políticas y los grupos de poder (fácticos) no han reconocido ese proceso "democrático" aduciendo "fraude electoral" y finalmente destituyéndolo de su mandato. Una periodista limeña, Milagros Leiva, calificó a los partidarios de Castillo como "castillistas golpistas y brutos". Pese a todo, el movimiento popular (izquierda popular) tiene su propia gesta, curso y proyecciones, cosa que los partidos políticos de derecha e izquierda no entienden ni acompañan ese proceso. Por eso hemos visto en su momento denigrar y celebrar la caída de Castillo a personalidades "progresistas" como César Hildebrandt, quienes han pedido palos y garrotes para los manifestantes del sur. Hay que recordar que esos hechos fatídicos siguen impunes. Asimismo, los señores arriba mencionados prometían una transición "impecablemente democrática" de Boluarte, cual una especie de "transición tipo Valentín Paniagua"; sin embargo, no fue así; por el contrario, el saldo fue más de 50 muertos y miles de heridos.
Inicialmente, la caída de Castillo fue propiciada, fomentada y avalada por "líderes de opinión" como César Hildebrandt (semanario Hildebrandt en sus trece), pueden corroborar los titulares de esos tiempos; Rosa María Palacios (diario La República); Juan Carlos Tafur (diario Sudaca); y Augusto Álvarez Rodrich (La República), todos en esa misma línea anticastillista a rabiar, aunque por cuerdas separadas con el Congreso golpista de mayoría fuji-porkista (partidos ultraderechistas Fuerza Popular y Renovación Popular). En consecuencia, muchos "demócratas" desde Lima fueron azuzadores de la caída de Pedro Castillo. Y cuando las papas quemaron, fueron ajenos al sufrimiento de nuestro pueblo. Es decir, nunca levantaron la voz con ese mismo énfasis a favor de la "plebe" cuando Boluarte apaleaba a los manifestantes, pero sí que gritaron en voz alta para denostar: "esperpento Castillo", "incapaz Castillo", "lárgate, Castillo". Desde la perspectiva de las víctimas, como diría Theodor Adorno: han carecido de "prestar voz al sufrimiento, que es condición de toda verdad. Pues el sufrimiento es objetividad que pesa sobre el sujeto víctima". Ese sufrimiento de los pueblos y sujetos del sur sigue sin hallar justicia y verdad.
El desprecio al movimiento popular de parte de la extrema derecha o de los "demócratas" (progresistas, "caviares") es lo mismo en el fondo (solo diferencia en las formas). El desprecio de Aldo Mariátegui es igual al de Augusto Álvarez Rodrich, el de Phillip Butters al de César Hildebrandt, el de Milagros Leiva al de Rosa María Palacios. El sur andino y el movimiento popular saben eso. El movimiento popular no debe olvidar su gesta con Castillo y sus adversidades. La memoria permanece, porque las heridas recientes siguen abiertas, añadido a las heridas históricas de exclusión. Cómo olvidarse cuando las madres quechuas cuestionaban los crímenes de Boluarte en su propia lengua: "Imaynampitaq todala vidalla llaqta runapaq wañuylla, waqaylla". Sin embargo, ese dolor llegó también como una conciencia política a nuestros pueblos olvidados, como un paso de la antipolítica y apolítica hacia la politización directa de los wakchas y los runas en el interior del país. Ese es el plus comunitario (rural) que se suma al ya existente movimiento popular (izquierda popular).
Finalmente, en el proceso y resultados electorales en el Perú se manifestarán los votos de la izquierda popular (movimiento popular, si bien por el momento desorganizado, sin partidos y sin líderes) como cada quinquenio. Posiblemente el candidato que encaje con sus demandas, aspiraciones y reivindicaciones capitalizará también en estas elecciones del 2026. Allí veo con más posibilidad y arraigo popular a Roberto Sánchez de Juntos por el Perú (JP). Honestamente, afirmar esto es tomar una postura política. Desde luego es necesario saber que no hay un candidato perfecto, no hay en ningún espectro político (ni en derecha, centro e izquierda), manan kanchu. Claro, nuestras decisiones políticas parten de nuestras comparaciones, análisis, principios y convicciones que en "libertad" asumimos cada uno. No sé si fallaré, acertaré o me equivocaré con mi humilde postura de votar por Sánchez, pero uno tiene que tomar posición frente a la coyuntura que nos viene, contra una aplanadora (fujiporkista) de la derecha extrema. Me siento también como muchos parte de esa izquierda popular, de esa multitud dispersa dentro del movimiento popular. Es decir, una izquierda popular sin partidos, organización ni líderes, como miles de quechuas, aymaras y amazónicos a nivel nacional, como millones de peruanos y peruanas.
Sin embargo, si ganamos o perdemos debemos estar organizados, no hay otra alternativa para el movimiento popular. Si somos pocos o muchos, pero organizados. Seamos andinos, amazónicos o costeños; sureños o norteños, pero estemos organizados. Si nuestra apuesta llega al gobierno o no llega, igual debemos organizarnos. Estas premisas deben ser las acciones del pueblo (mayoría nacional-popular). Ir más allá de nuestra pasividad electoral a la actividad política organizada. El fracaso electoral del movimiento popular (izquierda popular) y su voto antisistema en el Perú es su propia desorganización política de las masas y el sectarismo político de sus dirigentes. Esas paradojas merecen tener más autocrítica, atención y superación. Entonces, la organicidad del movimiento popular (antisistema), en todo aspecto, tiene que pasar ineludiblemente de la "crítica trascendente" a la "crítica inmanente", en palabras nuestras: allin polítika llaqtamanta llaqtapaqpuni, llaqtawampuni.

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