EN TORNO A LAS MUJERES
DOMINACIÓN Y LIBERACIÓN DE LA MUJER (ESBOZO)
✍️por Manuel Cuipa Chancahuña
Hay un dicho: «Detrás de un gran hombre hay una gran mujer» –ese detrás equivale a una posición de inferioridad o menosprecio implícito–. Sin embargo, existe otro que reza: «Al costado de un gran hombre hay una gran mujer», lo que sugiere una relación de igual a igual, complementaria.
Nosotros, en nombre de nuestras madres, añadimos: «Delante de un gran hombre hay una gran mujer», porque antes que nada una mujer nos ha cobijado en su vientre y quizás desde ahí las mujeres –nuestras madres– están por delante.
Creemos que un mundo mejor, más justo y más humano germina desde la matriz de nuestras Madres –si es que las tuvimos así, con mayúscula–, que nos enseñaron desde muy temprano con su ejemplo, aun siendo humildes y vulnerables, pero firmes en sus valores y principios: estar del lado de la verdad, el sacrificio y el bien.
1. Ideología (religión) cristiana contra la mujer
Se ha dicho que supuestamente las propias madres son las que engendran machismo en sus hijos varones. Eso es discutible, creo; sin embargo, cuando se trata de países «subdesarrollados» como el nuestro, o de sociedades de marcada influencia de la cultura judeocristiana, es posible esa interiorización en las madres y la exteriorización hacia los hijos. En ese marco, Eva es una simple costilla y culpable de todo, mientras que Adán es la cabeza o el «jefe» del hogar. «Porque así lo dijo Dios» y «Así dice la Biblia».
Posiblemente sea «verdad» que las madres (mujeres) influyen mucho en sus hijos, pero ¿quién influye en las madres y en las mujeres? La sociedad y sus aparatos de poder; es decir, en términos marxistas: la base económica o material –estructura– y luego la subjetividad cultural o espiritual (religión) –superestructura–.
Antaño, nuestros abuelos –en los Andes– no mandaban a sus hijas a la escuela porque creían que «van a estudiar para servir a su marido y no para servirse a sí mismas». Ese pensamiento estaba equivocado, sobre todo estaba orientado por el orden del discurso de una sociedad con rezago colonial, «civilizada» y católica, que ponía en segundo plano los derechos de las mujeres, y ese mismo reflejo de superioridad se proyectaba en las capas subordinadas de la sociedad.
Siempre nos hemos preguntado por qué la Biblia, desde el libro del Génesis, juzgaba a las mujeres: Eva como la culpable del pecado original y Adán como casi ajeno e inocente.
Recordemos que en algunos capítulos del Antiguo Testamento se glorificaba, por ejemplo, la poligamia para los varones: Isaac, Abraham, Salomón, etcétera, podían poseer sus «esclavas» o concubinas además de la «mujer oficial»; sin embargo, con rigor se imponía la monogamia estricta a las mujeres. Y en el Nuevo y Antiguo Testamento, la condena a la mujer es explícita y casi apologética del uso de la violencia. Veamos dos citas textuales: «Si una mujer se casa sin ser virgen, morirá apedreada…» (Deuteronomio 22,20-21).
Otra más: «La mujer aprenda en silencio, con toda sumisión. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio» (1 Timoteo 2,11-12). La pregunta es: ¿vale la pena discutir el feminicidio actual sin criticar rotundamente la base ideológica de la religión cristiana?
2. Ideología del mercado contra la mujer
De alguna forma, el machismo ramplón tiene su estructura mental sustentada en la religión, como una cultura y mandato divino. Un rezago del pensamiento Torquemada medieval, pasado por el actual cardenal Luis Cipriani, sin duda. Pero también nos surge otra pregunta: ¿qué hacer si el homicida tiene doctorado, MBA, y además es ateo e ilustrado?
No vayamos a pensar que solo la gente marginal e ignorante comete violencia contra sus parejas y mujeres. No; aquí hay desde profesionales acartonados hasta ministros y jefes de Estado. ¿Se acuerdan de Alberto Fujimori «electrocutando» a su esposa Susana Higuchi?
Ensayemos sobre la violencia ejercida por los «ilustrados». «Quien no tiene ética –dice Hildebrandt, y suscribo– no puede amar lo bello ni lo justo». Tener un MBA y un doctorado sin ética acaba en el futuro como ladrón del Estado o testaferro de alguna multinacional; es decir, el conocimiento sin ética tiene valor nulo y deriva en conductas delincuenciales.
Y el uso del poder desemboca en abuso cobarde. Según Michel Foucault, hay poder en todas las relaciones humanas e instituciones; así, el poder del varón sobre la mujer, del adulto sobre los niños, del clero sobre sus fieles, del maestro sobre sus alumnos, del general sobre sus soldados, etcétera.
Podríamos decir en este caso que el varón es quien tiene ese poder (físico o de fuerza). El tema del poder es amplio y será para otro análisis, pero está relacionado con el sistema imperante.
Recordemos que la subjetividad capitalista (mercantil) es violenta contra la mujer porque la cosifica como objeto de uso y abuso: un mercado sexual. Naturaliza como norma activa, para fines del marketing y del «libre mercado», la mercancía mujer.
No en vano los cantantes Maluma o Daddy Yankee están de moda, vivos y «perreando» con mensajes sexistas contra la mujer. Prácticas como estas son la fuente que alimenta la subjetividad machista (forma de pensar) de un amplio sector de la población que denigra a las mujeres. Y las mismas mujeres, a veces, acatan su condición denigrada.
El intermediario de este vil negocio es el poder mediático, portavoz y altavoz del sistema, donde, cual oferta y demanda, el cuerpo de la mujer es el producto en los medios. Según el filósofo José Pablo Feinmann, es «la dictadura de la culocracia», que mediatiza e idiotiza a medio mundo de cuasi canes humanos que babeamos como perritos de Pavlov en este gran laboratorio neoliberal, donde la mujer es objeto sexual y nada más.
Es decir, los medios de comunicación son los primeros en denigrar y violentar a la mujer de manera más pública y masiva. Y las consecuencias son de orden infinito: desde el acoso «ilustre» en las universidades hasta el callejero y vulgar de los proletariados.
Los medios que bombardean tienen efectos que se expresan en actos lumpen, lenguajes y fetiches. Bajo esa lógica (mercantil), la mujer vale por su «rabo rimbombante» y no por lo que piensa, siente o hace. La dignidad, la ética, la inteligencia y hasta la estética de las mujeres son rebajadas solo para satisfacer los bajos instintos por la carroña mediática del mercado.
Y luego tenemos así las «Miss Colita», el «baile del tubo»… En ese submundo, la aspiración de muchas adolescentes es el mundo del modelaje; hay demanda de operaciones de senos e implantes de silicona, un negocio redondo. Bajo esas ruinas se crean patrones de belleza, desde los programas miserables o reality shows hasta páginas enteras de contratapa en revistas y periódicos que muestran solo el valor sexual de las mujeres.
La pregunta es: ¿vale la pena discutir el feminicidio actual sin criticar rotundamente la base ideológica del sistema capitalista (neoliberal)?
3. Ideología del género contra la mujer
Para enfrentar con profundidad la violencia contra la mujer, hace falta un análisis más completo y amplio, porque solo se ha visto desde la dualidad mujeres contra varones como una guerra de géneros. Eso es naturalizar y esencializar a los varones y a las mujeres.
No hay un ser esencialmente feminicida en los varones, ni un ser innatamente violento. Creer eso es no entender la antropología humana. Tengo, entonces, mi discrepancia con algunos movimientos feministas de corte oenegista, que olvidan la clase y abordan el problema desde ese dualismo genérico.
Pareciera que entienden su lucha en clave biologicista o de género, sin hacer una observación más sistemática de todos los aspectos estructurales (base material) y superestructurales (base cultural).
Porque si me dicen que la «mujer» siempre es buena y el «varón» siempre es malo, no me imagino a la «mujer buena» Margaret Thatcher con todo su poder y abuso. No me imagino a mi abuela Gumercinda (mujer quechua, analfabeta y pobre) tan «igual» a Margaret Thatcher (mujer blanca, poderosa y capitalista). «Igualdad», ¿de qué igualdad me hablan? «Feminismo», ¿de qué feminismo me hablan? ¿Es igual el feminismo de Christine Lagarde al de Magaly Solier?
¿El feminismo de Ángela Merkel se parece en algo al de Máxima Acuña?
Entonces, cuidado. Aquí no se trata de una lucha de géneros per se ni de una guerra dualista «machos versus hembras». Ese feminismo, al final de cuentas, es apenas una distracción del «orden» estructural capitalista.
Y no soluciona el verdadero problema de la violencia y dominación de todas las mujeres, especialmente de las más vulnerables (del pueblo y de las capas más humildes). Ese orden económico (estructural) lo dirigen y mantienen muchas mujeres del poder: Thatcher, Merkel o Lagarde. ¿Acaso a ellas les interesó la liberación de mi abuela Gumercinda Atahua o de las mujeres de las calles del barrio y de los pueblos rurales (del Sur Global)?
No me imagino viable el refrán feminista: «solo las mujeres salvan a otras mujeres». ¿Han visto ustedes a Keiko Fujimori, Martha Meier Miró Quesada, Mercedes Aráoz y Cecilia Blume liberando o «salvando» a Máxima Acuña, a Magaly Solier o a Hilaria Supa? ¿Solo las mujeres salvan a las mujeres?
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Escrito: V. M. T., marzo de 2017.

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