NOBLE DEFENSA ANIMALISTA - RESEÑA

 


Alfredo Solórzano Dongo. «Cielito». Noble torito. Lima: Kartergraf, 2020, 40 pp. 


✍️por Manuel Cuipa Ch 


Esta historia es un grito que nace de la tierra, un relato con la fuerza de un manifiesto y la ternura de un cuento andino. Su autor, Alfredo Solórzano Dongo, nos ofrece una mirada profundamente humana, ecologista y pacifista, que nos interpela desde lo más hondo del alma (consciencia). 


1. Torito noble desde el nombre 

«Cielito» es el nombre que unos niños, con la inocencia de quien ve nacer la vida, le pusieron a un torito en un pequeño pueblo perdido entre los cerros del Perú profundo. Crecido entre caricias y pastos verdes, este animalito se convirtió en el gran cultivador de las chacras, surcando la tierra con la paciencia de un arado vivo, como un «tractor de la comunidad». Era querido por sus dueños, por los niños que corrían a su lado y por todos los comuneros que veían en él a un amigo y a un trabajador incansable.

Pero el tiempo pasa y las necesidades aprietan. Con el dolor de quien arranca una raíz, los dueños se ven forzados a vender a su querido Cielito. Y la mala suerte quiso que los compradores no fueran ganaderos, sino hombres de Lima, esos que viven de la muerte en las llamadas «Feria del Señor de los Milagros». Una vieja y cruel tradición colonial donde cristianos hipócritas celebran y danzan alrededor de la agonía de nobles e indefensos animales.


2. Perspectivas del autor o centralidad del texto

Para el autor, las corridas de toros con muerte no son un arte ni una fiesta, sino la misma deshumanización de la especie humana. Quienes las promueven y aplauden muestran una insensibilidad que no solo lastima a los animales, sino también la inocencia de los niños, a quienes arrastran a ese "circo de sangre" para presenciar muertes salvajes. Esa misma sed de sufrimiento que antes llevaba a la nobleza esclavista a gozar con la muerte de gladiadores, o a los caballeros medievales a lancearse en torneos, hoy se disfraza de tradición y se celebra en plazas como Acho, verdaderos "manicomios redondos" donde el sadismo colectivo encuentra su escenario.

Cielito morirá en la Plaza de Acho, atravesado por la lanza, la banderilla, la espada y el puñal asesinos. Pero su alma, creación divina, volará al cielo, donde ya no habrá dolor ni maltrato. Desde allí, su testimonio de crueldad padecida en la tierra será un eco que interpela a quienes se dicen cristianos y católicos. ¿Acaso el quinto mandamiento, "no matarás", no aplica también a estos seres que sienten y sufren? La paradoja criminal de esta "lesa animalidad" pone a la conciencia humana en el banquillo de los acusados.


3. Cielito, metafísica de la vida que interpela al hombre  

El testimonio de Cielito es desgarrador. Narra cómo, desde que salió de su comunidad hasta su último aliento en la plaza, fue maltratado sin piedad. Cuenta cómo embistió al caballo del picador, arrancándole las tripas y rompiéndole una pata hasta matarlo. Cómo la lanza desgarró sus venas y la sangre brotó de sus lomos. Cómo las banderillas y la espada penetraron sus órganos, y en medio de esa agonía, con la fuerza de la desesperación, enganchó al torero con sus astas y le abrió el vientre, haciendo brotar ríos de sangre que el público confundió con espectáculo. Porque si muere el toro, es felicidad: ¡ole, ole, bravo! Pero si muere el torero, ¿qué pasa? ¿Acaso la muerte de un hombre es tragedia y la de un animal es fiesta?

Esta pregunta nos golpea y nos obliga a reflexionar sobre la crueldad como una enfermedad contagiosa, un foco infeccioso que se disfraza de tradición. La historia de Cielito nos invita a abrir los ojos y a elegir, desde la infancia, un mundo donde la vida, en todas sus formas, sea respetada y celebrada. Porque la verdadera nobleza no está en matar, sino en proteger y amar a los que no tienen voz.

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