CANTOS Y LLANTOS
Epílogo
✍️por Manuel Cuipa Chancahuaña
Cantos y llantos (2026), de Wilber Ancco Cayllahua, reúne diez narraciones andinas que combinan emotividad reflexiva con una atenta lectura de los gestos y una mirada psicológica sobre los personajes y los sucesos colectivos de los pueblos del Ande. El autor retrata con audacia sus paisajes y sus voces, y entrega en este libro «su vida y su verdad».
1. Lectura pormenorizada
En «Erasmo Llaqta» conocemos a un comunero arpista y lector autodidacta, cuya música guarda la memoria de la ausencia y cuyas lecturas son refugio contra la ignorancia y la desigualdad. El desenlace narra su tortura y su muerte a manos del teniente Lagarto, verdugo de comunidades campesinas, que quema los libros en la plaza como lo haría la Inquisición. El pasaje nos evoca a los franquistas que gritaban «¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!», a quienes Miguel de Unamuno respondió: «Venceréis, pero no convenceréis». Erasmo Llaqta no es un subversivo ni un terrorista; encarna, más bien, el espíritu de un González Prada comunero, de un Unamuno quechua.
En «Venganza de Surpu», las mujeres luchan por su dignidad frente al abuso sexual de Saúl Cárdenas, un gobernador corrupto y venal. Ante la desidia de las autoridades y la cobardía de hermanos y padres, el relato se convierte en una suerte de manifiesto del feminismo andino: organizadas, ellas son capaces de hacer justicia con sus propias manos y de construir un musuq llaqta (pueblo nuevo). En algunos pasajes nos recuerda a El país de las mujeres, de Gioconda Belli.
«Vilma y el eco de la sombra» presenta a Miguel, un hombre celoso y violento que asesina a su pareja y a su hijo menor. El relato cuestiona con dureza la indiferencia de los vecinos como forma de complicidad: solo después del feminicidio la comunidad reacciona y organiza «comités de protección para las madres». La lección evoca cuál la advertencia atribuida a Hannah Arendt: el mal se alimenta de la indiferencia y la pasividad. Tras la tragedia de Vilma y su pequeño, la vecindad comprende que nunca más debe permanecer indiferente ni desorganizada.
En «Cicatriz andina», Leo y Lucía se aman, pero los padres de ella los separan por la pobreza de él. Años después, Leo es un próspero empresario con un hogar constituido, mientras que Lucía queda postergada por la decisión soberbia y el rechazo clasista de su familia, que dejó en su vida una cicatriz imborrable. Las decisiones tomadas desde los prejuicios son malas consejeras.
En «Promesa de campana», Joselu y Naty se aman con reciprocidad. La madre de ella acepta al muchacho por su humildad y su audacia, pero el padre y los hermanos lo rechazan por su condición social. Al final, el amor verdadero vence la exclusión y los prejuicios, y ambos se marchan lejos de la familia. Como diría Erich Fromm, «para amar se necesita coraje», premisa que resume la relación de estos jóvenes.
«La muñeca de Sarita» aborda la memoria familiar y los lazos que mamá Aleja tejió entre sus hijos Humberto, Wilfredo, Dina y Sarita. Tras su muerte, el recuerdo de la madre sigue vivo: al volver al pueblo natal y al hogar materno, los hermanos reviven su niñez y renuevan su fraternidad.
En «Misa de don Manuco», «Vuelo sagrado», «La furia de Santiago» y «El eco del silencio» se plasma la vida cotidiana de campesinos humildes, no de personajes célebres. A la manera de Julio Ramón Ribeyro, en una especie de La palabra del mudo de los Andes, Ancco Cayllahua da voz a quienes no la tienen: la gente de a pie y la vida comunal.
2. Consideraciones finales
El lenguaje corporal de los personajes es clave en el libro y funciona como una radiografía psicológica del ser humano y de la naturaleza. El amor domina buena parte de la obra: Leo y Lucía, Juanita y Santiago, Surpu y Domingo Mallma, Joselu y Naty. También destaca el protagonismo femenino: las amadas, las hermanas, la madre andina, la organización comunitaria contra el feminicidio y la venganza de las mujeres agraviadas. Este enfoque invierte la célebre frase de José María Arguedas («Yo soy hechura de mi madrastra») y la convierte en un contundente «Yo soy hechura de mi madre». La impronta de mamá Aleja late en la escritura de Wilber como matriz y herencia para construir un mundo más justo y fraterno.
Cantos y llantos es un tejido de ternura reflexiva, resiliencia vital, gratitud comunitaria y alma quechua. Wilber Ancco Cayllahua se muestra como un sentipensante andino (colqueño-aymarino), que rechaza el abuso y la injusticia, reivindica el amor desde la dignidad y recoge la cultura rural desde Apurímac. Narrar a los pueblos con una mirada casi psicoanalítica es, en este libro, un acto de justicia y un testimonio de la verdad, donde la sensibilidad social y el arte literario del autor se funden recíprocamente: kuskantin.

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