JAMES OSCCO ANAMARIA - - RESEÑA



James Oscco Anamaría. Siempre seré águila. Abancay: Center Graphic Editores, 2004, 72 pp.


Por Manuel Cuipa Ch.


El libro trata de una trilogía de narrativa andina, ambientada en los Andes del Perú, en el contexto de la guerra interna, las desapariciones forzadas, el gamonalismo en su etapa decadente y los conflictos de corrupción en las comunidades campesinas. Asimismo, está escrita con matices y pinceladas de  un castellano quechuizado [1] o inclusión de términos quechuas en la narrativa. Entre los temas que aborda están la naturaleza, el paisaje rural, el amor, el desamor, la lealtad y la traición, la lucha por una sociedad más justa y la identidad cultural de los pueblos.

Su autor, James Oscco Anamaría (Calcauso, 1970-Abancay, 2005), fue natural de la comunidad de Calcauso (Antabamba-Apurímac), cuna también del ilustre Juan Chancahuaña o Juan Espinosa Medrano, “El Lunarejo”. La obra reúne tres narrativas: “Siempre seré águila”, “Mamacha del Carmen” y “Wakcha gaviota”. 
A continuación, presentamos nuestra reseña pormenorizada de "Siempre seré águila". Es una historia que combate la corrupción comunal, entrelazada con el conflicto armado interno que sufrió nuestro país. En este caso, se sitúa en una comunidad campesina de Apurímac. 


1. Reminiscencias de  Abel a su amada Dalia

Abel, el protagonista, retorna a su pueblo después de muchos años. Al llegar, recuerda el canto de sus waylias, sus mayuras y waka-wayñus (música típica de los pueblos de Antabamba, Apurímac). El recuerdo lo embarga entre llanto, tristeza y lamento, porque ya no hay familiares, amigos ni pueblo: ese pueblo que estaba entre el valle y las punas. Todo desapareció a causa de la guerra. A su lado está su amada Dalia, quien le pide que le cuente esos recuerdos: qué pasó cuando Abel tenía 14 años y por qué se escapó, sobreviviente de su pueblo.

Abel responde que, cuando los militares de la Base Contrasubversiva La Quebrada enlutaron a su pueblo sin dejar con vida a inocente alguno que fuera capturado, él, para sobrevivir, se escapó y, sin otra opción, se enroló en un partido político de los años de la guerra interna. Ahora, después de mucho tiempo, vuelve a su pueblo natal junto con la mujer que amaba, su Dalia, pero todavía sin seguridad: teme que nuevamente lo persigan, lo señalen o lo acusen. Al volver, no encuentra a su familia, ni a sus amigos comuneros, ni a su pueblo. Solo encuentra un cementerio de fosa común donde crecen malezas y retamales, sin florecer con sus colores naturales. La memoria de Abel se resume en una frase que todavía es posible escuchar en muchos pueblos que sufrieron el embate de la violencia: “Ya no hay tayta, ya no hay mama, ya no hay pueblo” (no hay padre, no hay madre y no hay pueblo).


2. La corrupción en la comunidad campesina 

Entre lágrimas, como un niño en el regazo de su madre, le cuenta a Dalia todo lo vivido y sufrido. Le dice que su comunidad colindaba con Cotahuasi (Arequipa) y Parinacochas (Ayacucho). Allí, desde que tuvo uso de razón, Abel conoció la granja comunal de su pueblo: una organización productiva ganadera en beneficio de toda la comunidad, con 1.800 alpacas, 200 llamas y 120 cabezas de ganado vacuno. El niño Abel creció comiendo queso y charqui de la granja comunal, como todos los niños y niñas de su comunidad. Él no sabe quién ni cuándo se fundó exactamente la granja, pero recuerda que, cuando don Pascual Gutiérrez Panuira, Marcos González Lupa, Sergio Panuira Guerrero y Ambrosio Chancahuaña eran dirigentes comunales, reorganizaron y mejoraron esa institución productiva en beneficio de toda la comunidad.

Sin embargo, esa gestión comunal eficiente y transparente duró poco, hasta que llegó una nueva directiva totalmente opuesta a la tradición comunal colectiva: una gestión venal y corrupta. Llegó a asumir un nuevo presidente de la comunidad: un tipo acriollado, un tinterillo y charlatán. Encandilaba a los comuneros con su verbo florido, aunque era también un “maula” (flojo). Este señor se llamaba Roberto Contreras Palma. Con su cháchara y a base de cariño, tragos y otros favores, se había ganado la empatía de los comuneros inocentes y bien intencionados. Se vanagloriaba de conocer a grandes políticos (congresistas), periodistas y militares. “Aquel que se mete conmigo se jode”, decía amenazante. Por eso, muchos comuneros temieron y otros simplemente se alinearon. Ya en el poder (autoridad) comunal y con total normalidad, sin fiscalización ni rendición de cuentas a nadie, se emborrachaba a cuenta de los recursos de la granja comunal. Los comuneros no podían hacer nada, porque a quienes reclamaban los denunciaba como subversivos o terroristas, y los policías y las autoridades políticas que eran sus contactos fácilmente creían la palabra de Roberto Contreras Palma. Nadie se atrevía con él, ni los periodistas, pues también compraba a los de la prensa; y si no aceptaban, los denunciaba por terroristas y los metía a la cárcel. Así de poderoso se sentía este argollero y mafioso de la comunidad campesina.



3. La estafas de Roberto Contreras Palma y su compadre Mario Cuchillo

El hecho más inaudito sucedió cuando, el presidente de la comunidad, con malas artes y por la influencia de sus amigos y compadres igual de mafiosos, presidió la Comisión de Venta de Lana de las Alpacas (venta de fibra de alpaca). Roberto Contreras tenía cargo doble: presidente de la comunidad y de la Comisión de la Venta, cosa que estaba prohibido en el Estatuto de la comunidad. 

En una asamblea dominada por este “Montesinos en miniatura” o “Montesinos de la comunidad campesina”, todos firmaron el acta y autorizaron vender 60 quintales de lana de alpaca (equivalentes a 6 mil kilogramos) y 18 toros de cinco años. La orden era venderlos en Arequipa. Así pues, los trasladaron en lomos de llamas cargueras (llamas macho usadas como animales de carga y arrieraje). La finalidad era vender la lana de alpaca de la granja para comprar un ómnibus de la comunidad. La gente inocente del pueblo pensó entonces: ahora sí conoceremos “Lima llaqta” y a las “gringas qalasikis”. A la comisión de compra, encabezada por Roberto Contreras Palma, se sumaron su compadre de complicidades, Mario Cuchillo, y una cuadrilla de comuneros. Pero en el trayecto hacia Arequipa, en Cotahuasi (La Unión), antes de llegar a la Ciudad Blanca, Contreras indicó que los demás de la cuadrilla retornaran al pueblo, porque sería un gasto llevar a tantas personas, y que solo viajaría con su compadre de confianza (Mario Cuchillo). Al resto de los comisionados les regaló una arroba de caña (aguardiente) para que regresaran felices. Así pasó.

Sin embargo, luego de una semana llegaron los dos amigos, Roberto Contreras Palma y Mario Cuchillo, con sombreros y botas nuevas a la arequipeña y un hermoso caballo de paso. Y a la par, también regresaron acongojados con malas noticias. Contaron que el presidente de la comunidad había sido asaltado y que les habían robado todo el dinero de la venta de los 60 quintales de lana y 18 cabezas de ganado. Los comuneros, en su inocencia y consideración, se lamentaban; otros rezaban a los apus o a la virgen del pueblo para que el ladrón devolviera la plata. Mientras tanto, los compadres Contreras y Cuchillo se reían internamente. Abel seguía narrando a Dalia que él, entonces un jovencito de 14 años, fue el único que no le creyó el cuento del robo y gritó en medio de la asamblea: “¡Es engaño, es mentira! ¡Ladrón y asaltante es el mismo presidente y su compadre, carajo!”. Sus paisanos no le dieron importancia a la protesta de Abel; solo lo creyeron dos personas: su primo Zósimo Gutiérrez y su madre. Abel siempre supo que los rateros de la plata de la comunidad eran don Roberto y don Mario. Pero la gente, atontada con el discurso de estos dos delincuentes comunales, no les creía nada; más bien reprochaba y hasta odiaba a Abel. Los compadres de Roberto Contreras, por el contrario, invitaban trago y chicha como consuelo a los estafadores: “No importa, aunque sea ladrón, él hace algo y todavía nos invita un traguito”. Y así, en dos meses, la comunidad entera se olvidó de todo. Vencía la impunidad de los embaucadores.


3. La juventud (Abel y Zósimo) es reacio contra la corrupción

Roberto Contreras sabía de los malos comentarios de Abel y tramó, como una mafia comunal, hacer fracasar la tiendita de su madre: días, semanas y meses sin vender nada. En esa precariedad, el mafioso presidente visitó la casa del joven con su saludo hipócrita, agitando su filosofía desde el poder comunal en clave lumpen e impune: “Abelcito, no seas cojudo, si quieres progresar”, “por eso mismo he pendejeado y cojudeado a la comunidad, y el huevón que se mete conmigo se jode. Así que cuidadito, Abelito”, decía convencido el cínico mafioso de la comunidad. 

Pero Abel, un adolescente muy audaz y valiente: grabó en una grabadora de cinta las confesiones de Roberto Contreras. Llevó esas pruebas ante un comunero más reclamón y correcto, Valentín Huamán. Este felicitó a Abel: “Eso sí es lunarejo, macho de ciencia y memoria”. Huamán convocó una asamblea general de emergencia e hizo oír la grabadora a todos. Pero el pueblo, aun así, no le creyó, como los romanos no le creyeron a Jesucristo y lo condenaron a morir en la cruz. A Valentín Huamán, el miserable Roberto Contreras, con apoyo del pueblo, lo mandó a la cárcel, acusándolo de subversivo. Así de simple, porque el comisario era su collera (amigo). No hubo justicia, sino premio para los bandoleros y castigo para los honestos del pueblo como Valentín Huamaán.

El jovencito Abel nunca se rindió. Junto a su primo Zósimo Gutiérrez planearon la caída del presidente ratero y hacer justicia con sus propios medios. Hablaron con los apus y con el río Anaro para que arrasara sus haciendas; tramaron una revuelta con las pulgas para que no lo dejaran dormir ni una noche. Instaron a sus cuyes y gallinas a que se fugaran; entonces la pobreza, poco a poco, invadió su casa y la de sus compinches como maldición de la Pachamama y de los hombres justos e inocentes. Entonces, recién al verlo desgraciado y sin poder, los comuneros se convencían: “De verdad Roberto Contreras había robado, por eso lo está castigando papá Dios”. El río Anaro, con su crecida, había arrasado el fundo de Roberto Contreras, pero este denunció ser víctima de la naturaleza y acusó al pueblo ante un congresista de confianza: “Los terroristas desviaron el río para destruir la chacrita de un presidente comunal; es un damnificado más de las huestes subversivas”, decía el parlamentario. Bajo esa excusa, expropiaron los terrenos de la comunidad para dárselos al ratero presidente. Como vemos, aquí la corrupción no es fácil de derrotar: tiene sus redes y más de siete vidas. Nombraron presidente vitalicio de la comunidad a Roberto Contreras. Ya no había muchas tierras para los comuneros y se peleaban entre ellos por los terrenos de “layme” (tierras comunales de trabajo agrícola). 

Todos en el departamento tenían conocimiento y miedo de este poderoso latifundista y mafioso de la comunidad, pero quienes no temían son los jovencitos Abel y Zósimo, que un día de tanta indignación cortaron por completo la cola del caballo de paso del señor presidente. El caballo se "parecía una yeguita acriollada" que los potros acholados de la comunidad se confundían. Abel y Zósimo fueron denunciados ante el director del colegio, que era también su amigo de tragos de Roberto Contreras. Pero los dos estudiantes nunca se traicionaron ni se delataron. De este suceso sólo sabía un profesor respetable por ellos (Gabriel Guerrero).  

Así acaba la historia, un acto heroico de lucha constante de la juventud por la justicia, contra el abuso de los adultos corrupto, por la verdad y por la justicia en la comunidad. Dalia, escuchaba atenta a Abel. Ella le dio besos y abrazos, y juraron seguir su amor y ruta justiciera. “Eres genial, mi hermoso cernícalo”, diría Dalia. Abel finaliza diciendo que Roberto Contreras lo denunció, lo difamó y lo acusó, incriminándolo de terrorista; por ese motivo se escapó de su comunidad y andaba perseguido. Y hoy, al regresar a su pueblo, no encontraba a su pueblo, a sus amigos ni a sus familiares. Tampoco encontraban la paz, la verdad ni la seguridad, porque en esos instantes, de pronto, aparecen sobre Dalia y Abel las balas y las bombas. Así mueren los dos jóvenes amantes de la vida, de la justicia y la verdad. Dicen desde entonces que, por gracia de los apus, Abelcha se convirtió en un rebelde cernícalo y Daliacha en una hermosa torcaza. El cernícalo y el águila pelean como si fuera de verdad en todos los valles de Apurímac, pero dicen que eso solo es entrenamiento para nuevos tiempos. También dicen que la torcaza (Daliacha) está empollando unos pichones con sangre de cernícalo y águila. Habrá quizás el Inkarri de James o el Pachakutiq de las aves nativas contra los buitres de la injusticia. En la máxima de Abel (o del autor, James): “Siempre seré águila, tomaré la delantera de mis hermanos, para que se atrevan a asaltar las estrellas del cielo; seré el riachuelo de nuevas correntadas, y me desbordaré para limpiar las pupilas de mi pueblo”.


4. Reflexiones y lecciones de la obra

La narrativa de James Oscco Anamaría en "Siempre seré águila" no es pesimista, sino desgarradora; no es claudicante, sino que muestra la ignominia para no tolerarla. Es también una obra a contracorriente de quienes tratan de romantizar las comunidades campesinas como centros del “allin kawsay” indigenista, pues tal esencialismo no es del todo cierto: a la comunidad ya llegó la corrupción y también la guerra sucia del conflicto interno. Sin embargo, en medio de esa confusión y alienación, y consciente de esas tensiones, James Oscco Anamaría plantea el desafío de fortalecer el espíritu comunitario, colectivo y la identidad cultural de los pueblos andinos. Por otra parte, es la metáfora de la lucha contra la corrupción, la cual está más arraigada en la juventud —Abel, Dalia, Zósimo— frente a los adultos que, por compadrazgo o pusilanimidad, normalizaron vivir en ese ambiente degenerado por los vicios de la corrupción. 

Esto nos lleva a reflexionar sobre el dicho de los habitantes mayores de las comunidades campesinas: “Cuando éramos analfabetos o solo quechuahablantes, no había tanta corrupción como ahora en nuestros pueblos, pero ahora que hay más gente leída, aparecen tinterillos o incluso profesionales corruptos”. aunque esto no se trata de desmerecer los estudios ni de criticar a los ilustres profesionales, pero de alguna forma la hibridación cultural, cada vez más hegemónica, de lo occidental en las comunidades rurales corroe los valores positivos de esa colectividad. Ahora mismo, ¿cuántos de nuestros alcaldes distritales son los nuevos Roberto Contreras? ¿Cuántos llegan a ser presidentes de sus comunidades y se metamorfosean en los Roberto Contreras y los Mario Cuchillo de sus pueblos? Eso es algo vigente y en crecimiento, lamentablemente. 

El entramado en conjunto de la vida peruana es efectada por estas palogías sociales tanto en lo rural y citadino, por la corrupción también la violencia. Es  lo que el filósofo Augusto Salazar Bondy calificó en su momento como la “cultura de la dominación”[2]: mala copia y alienación imitativa en todas las estructuras sociales, tanto en las dominantes como en las dominadas, incluida la cultura andina relegada o dominada. Por esa razón, no digo que haya que negar la “cultura andina”, pero sí sospechar de sus mitos y eslóganes. Se siente algo de esa percepción visionaria en la lectura crítica y creativa de James Oscco Anamría, por supuesto sin negar la identidad andina local.




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[1] 

[2] Augusto Salazar Bondy, “La cultura de la dominación”, en Perú problema (Francisco Moncloa Editores, 1968). También Entre Escila y Caribdis. Reflexiones sobre la vida peruana, 4ta. edición (GrupoHeraldos Editores, 2025). 


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